Perdóname porque una vez
al mirar en tus ojos dudé de ti.
Ahora que te has ido por los caminos
infecundos y difíciles del mundo
a sembrar la simiente de Dios
comprendo tu grandeza y tu pureza.
Tú nunca lo sabrás
pero me conmovió saber
por boca de desconocidos
que abandonaste todo por ir
a enseñar el camino a Dios.
Nunca olvidaré aquella mañana tan fría
en que sin darme cuenta, vestida de blanco,
te acercaste a mi y me hablaste
con la franqueza de un hermano:
ni la otra mañana cuando también
vestida de blanco pregonabas
que la unión hacía la fuerza.
Casi siempre vestías de blanco
tal parece que era el reflejo de tu alma
limpia y buena.
Tal vez en una noche cualquiera
cuando mis ojos cansados de la lucha diaria
busquen reposo,
y encuentren una estrella en lo infinito
dejen caer una lágrima
al recordarte.