Con mi montaña de dolor en hombros
y una rosa en la mano
he de llegar a tu morada un día, Madre.
Rezaré ante tu tumba la oración
que me enseñaste aquella vez
camino de la escuela
para que Dios se apiade de mi pena
te dejaré la rosa con mis lágrimas
y cargaré mi montaña de dolor
para llorarte siempre, Madre mía.